El Regal

​Me’n adono que moltes vegades faig meves les vostres teories. 

I les faig meves perquè les crec i m’agraden. 

 M’agrada saber que han sortit d’ alguna de vosaltres i que han causat en mi, una guspira d’il·lusió que ha impulsat a apoderar-me-les i per què no? A fer-ne difusió. 

Justificació expressada em dóna total llibertat de començar a teoritzar. I diu així:

Les persones necessitem tenir casa. Un lloc on sentir-nos protegits i lliures. Un lloc on descansar i relaxar-se. Però moltes vegades, pels motius que siguin no ens sentim casa a casa. L’ ambient no és l’adequat, estem tensos o la companyia no ens agrada del tot. Casa es converteix en alguna cosa incòmode de la que hem de fugir. Aquí és on comença aquesta màgica teoria. La teoria diu que només les persones especials poden trobar a casa no necessàriament a la casa pròpia. Només els hi cal una condició. Els peus. 

Una persona es declara amb fred quan aquest arriba als peus. Es sent a casa quan es permet anar descalç. Una persona se sent bé quan els peus els té calents i poden tocar al terra després de l’opressió de tot un dia caminat. 

Que bonic seria portar a casa a la motxilla.  Tenir el poder de sentir-te a casa on vulguéssis, només fent del lloc on estàs un lloc on poder tenir els peus calents. 

Per això, el meu regal són uns mitjons. Uns mitjons que m’agradaria que portéssis a la motxilla per poder posar-te’ls sempre que vulguis sentir-te a casa. Un refugi on poder sentir-te a gust i bé i ara sí, amb els peus calents on tu decideixis. 

M’agrada sentir que tu ets una d’aquestes persones especials. 

T’estimo molt. 

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Mirant enrere…

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I un dia mirant enrere vaig trobar-me quieta i bonica en aquella cala de Menorca. Recordava aquell moment. Recordava l’enamorament, la felicitat d’unes vacances en parella en els seus inicis ( quan les hores al llit no passen i les ganes de descobrir i confiar manen).

Que contenta estava. Quina expressió més tranquil·la, més serena.

La foto era divertida. Desprenia amor i olor d’estiu. Vaig tancar els ulls recordant aquell dia de Juliol de feia uns quants anys.

No. No tot era bo. En  aquell record ple de felicitat compartida hi havia quelcom que no quadrava. Vaig recordar les pors que s’apoderaven de mi
en el moment de posar-me el biquini i mostrar-me. Exposar-me.

Vaig recordar el que sentia pel meu cos. la feina que tenia en tapar-lo. En no ensenyar-lo. La vergonya de no ser preciosa als seus ulls. Als meus.

Recordava l’enamorament, Sí. Però també recordava el no gaudir plenament d’una situació especial per donar poder a uns “defectes” del tot magnificats.

El què no sabia és que em miraria al cap d’uns anys i em veuria preciosa i pensaria: “Que bonic hagués estat mirar-me en aquell moment, amb els meus ulls d’avui”.

En aquella cala de Menorca, quieta i bonica…

Especial

​Sentirme diferente siempre me hizo especial. Aunque la apariencia me escondiera, nunca fui una persona segura ante la mirada ajena. 

Analizar lo vivido siempre me perjudicó. Pensar y pensar y volver a pensar si  había gustado. Si lo hubiera podido expresar diferente. Si lo mejor hubiera sido otra reacción, otras palabras, otra mirada, otro gesto.  

Mirarme en sus ojos. En los de todos menos en los míos siempre fue mi penitencia. Mi nunca satisfecha. Porque no se puede tener sus ojos. Sus ojos son suyos, de todos… Menos míos. Y si no puedo verme en sus ojos no puedo sentirme satisfecha.

 Y qué triste sería vivir sin darme cuenta de lo importante de este error… Pues durante tiempo hice protagonistas a los ojos equivocados. Cuando los que importaban no habían dejado de mirarme. Sin mal pensar. Sin mal mirar. Porque esos ojos de un azul cielo de invierno, de esos sin nubes, eran los únicos que me regalaban ese sentirme diferente que me hacia ser especial.

Hasta el Coño…

​Hasta el coño de ser correcta. De analizar lo que hago. De pensar en otros. De preocuparme por lo que opinaran. De estar ahí siempre que se me necesite. De cuidar a todo el mundo menos a mí. De contar amigos y que siempre me falten. De dipositar mi “estar bien” en lo ajeno. De querer a un chico y que ese tenga mi tutela. De que de él dependa mi autoestima. Cuando la puta raíz de todo se encuentra en esa “auto” estima… mi estima a mi misma (putos juegos de palabras básicos para todo el mundo… pero joder, como cuesta aplicarlo).

Hasta el coño de estar inestable. De tener claro no querer volver con alguien pero sentirse tan perdida que te compense la no felicidad. De reirme a carcajadas un segundo y al otro llorar desolada como si no hubiera un mañana… y ni tan solo tener un puto motivo de peso, no se me está muriendo nadie. 

Hasta el coño de sentirme desgraciada y no saber como se siente una bien consigo misma. De no tolerar no tener plan. De no ser perfecta e intentar vender algo que no soy. De actuar pensando si gustaré o no. De verme gorda. De verme fea. Hasta el coño de pensar. De pensar mal. De intentar gestionarlo todo sin gestionar lo importante, mi felicidad. 

Hasta el coño de pensar que vendran días mejores. De pensar que esto es solo una época y que no se acabe nunca. De rallarme pensando que mis amigos les cansa tanta tristeza. Coño, como no les va a cansar si hasta a mi misma me cansa. 

Hasta el coño de vender ser especial. De no quererme nada y aún así creerme con el derecho de declarar sentirme especial en este puto mundo. Hasta el coño de la coherencia, de la sinceridad y de la puta sensatez. Hasta el coño de la inseguridad, del rechazo y del puto duelo al que estoy obligada a pasar porque esto es lo correcto. 

Hasta el coño de las etapas, de los procesos lentos para sanar bien.

Hasta el coño de las distintas perspectivas. De dar por válidas todas las opiniones. De dejar a un lado las verdades absolutas. 

Hasta el coño. Aquí dejo una verdad absoluta. Un blanco muy blanco o un negro muy negro. Hoy yo pongo el freno, hoy me la pela todo. Hoy no soy correcta. Hoy lo importante simplemente soy yo porque me da la gana y porque estoy hasta el coño de tanta burocracia vital. 

O simplemente, hoy estoy hasta el coño en honor a la Fase de Ira de un duelo que al fin y al cabo, no es diferente a cualquier otro. 

Pero decir eso me haría no especial y hoy estoy hasta el coño y no me da la gana de quitarme méritos. 

Adiós

Hoy te digo adiós con la boca muy pequeña. Sin querer. Pero te digo adiós con la cabeza clara, coherente y consecuente. Te digo adiós consciente y triste… pero segura.

Mi corazón no quiere. Se aferra a una idea idílica. No le culpo. Durante mucho tiempo fue el Jefe y te incluí en su vida. ¿Como le digo ahora que no vas a estar? A mi corazón no le gusta perder a gente. Sentirse solo y rechazado. Tú lo sabes bien. ¿Cómo sacio su sed de amor? Sus ganas de compañía y sus proyectos de dos.

La cabeza sabe de eso. Se lo tiene que explicar con paciencia. “Marc no tiene que estar con nosotros. Al menos no en el lugar dónde estaba. Le queremos. No lo dudes, no has hecho nada mal. Pero Corazón, estaba incompleto para nosotros. Sabía de amor pero ya no nos llenaba.

¿Recuerdas ese vacío? Se le quedaba grande. No era justo para nadie.”

Por eso hoy te digo adiós con la boca pequeña. Pero segura de lo que hago. Por tí y por mí. Nos merecemos sentirnos completos y juntos no puede ser.

Lloremos porque es triste. Lloremos la pérdida. Enfadémonos con el mundo si hace falta. Recordemos lo que hemos sido. Valoremos lo que hemos vivido, lo que hemos sentido y guardémoslo en una caja  como si fuera un tesoro.

Y prométeme algo: No aceptemos nunca menos de lo que hemos tenido.

Ahora siento pena, mucha pena por nosotros… Tiene gracia. Ese vació que me separó de ti hoy es más grande que nunca.  Hoy está lleno de lágrimas y de un sentimiento de soledad insoportable. Vendría corriendo, para que engañarnos. Que fácil era. Pero a veces lo más fácil no es lo más correcto.

Me acostumbré a tu presencia y a tu compañía y ahora me cuesta mucho saciarme sólo con la mía. Y eso me entristece por mi. Por no verme suficiente. Y no es justo venir corriendo por mi falta de seguridad. No te lo mereces ni yo tampoco.

Hoy te digo adiós a ti, Marc. Y doy la bienvenida a mi duelo, y a mi misma . Sin compartir. Sola conmigo.

 

 

 

 

 

HÉROES

” Somos inmortales” – Si él lo decía tenía que ser cierto. Le defendí, lo proclamé y nadie me creyó.

No era verdad. Quiso proteger a su hija de los peligros de la vida. De las verdades amargas. Aún lo hace.

Superhéroe imperfecto. Mi héroe real. El incondicional protector con poder de devolverme a mi niñez. De dejarme ser pequeña y sentarme a su regazo. De llamarle a cualquier día a cualquier hora y oír sus palabras: ¿Qué necesitas?

Superhéroe imperfecto. Héroe con dolor. Cada vez más humano. Héroe salvador que necesita ser salvado. Héroe triste que necesita a sus hijas. Que necesita que le necesiten.

Lucha constante contra la edad. Esa maldita que no se detiene. Nadar a contracorriente. Saltar obstáculos disfrazados de dolor muscular, pre-jubilaciones y separaciones.

Cambios de vida y de vestimenta. Renunciar a pilares. Trabajos idealizados que nos dan la espalda. El correr, ese placer. Sentir como se hace el camino. Los metros, los kilómetros. Bajar tiempo. Respirar. Inhibirte del mundo. Llegar a la meta. Tu meta.

Renunciar no es tu opción. Eres fuerte y luchador. Cuerpo cansado y mente joven. Mente que ha aprendido, que se ha abierto al mundo. Mente que da opciones. Mente que ha dejado las sentencias atrás.

Ábrete pues! Dinos la verdad.

A los héroes nunca se os ha dejado pedir ayuda, mostrar vuestra debilidad. – Hoy sí! Que sea nuestro secreto. Grita y patalea. Llora si hace falta. Grita lo injusta que es la vida por no dejarnos estar a la altura. Déjate cuidar y no tengas miedo de mostrarte. Que te vea humano. Porque, ¿ sabes qué?

Nunca dejarás de ser mi súperheroe. Mi héroe inmortal.

Mi Ley

Sentimientos entrelazados. Tan diferentes pero tan unidos. Ahora quiero volver con él. Mañana seguramente no, pero hoy sí. Hoy estoy sola y no me gusta. Hoy le siento lejos y no quiero.

“Está bien, tiene claro que no quiere estar contigo”- dijo Adri. Que duras palabras. Se me clavaron hondo. ¿Soy injusta?

Analicémoslo

Si hacemos un recorrido a lo que nos han enseñado podría acogerme a la ley “No te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes”. Esa opción me daría carta blanca para volver a él. La cálida armonía  del confort y la rutina. Cuerpo conocido, confianza construida, monotonía sin aventura y felicidad neutral.

La NO soledad. Volver, reincidir otra vez a la búsqueda insaciable de sentirme bien culpando muebles, pisos, trabajo o a mi misma de esa insatisfacción… del no sentirme plena.

Busquémos más.

Podría acogerme a la ley del famoso perro, la del Hortelano “Ni como, ni dejo comer”. Ley básica y primitiva pero válida. Resumida por el egoísmo. Inseguridad disfrazada. ¿Lo soy? Quiero que sea feliz. Eso me hace ser menos egoísta. No es eso. No es esa mi ley.

Seguimos.

La ley casi universal de “Me aterra estar sola” podría encajar. Me salvaría de ser injusta o egoísta pero dejaría al descubierto mis miedos, mis malos mecanismos de defensa ante la posibilidad de no poder aferrarme a nada ni a nadie. Solo a mí. Y darme cuenta que el “solo a mí” para mí no es suficiente, me sabe a poco. Cuando ahora más que nunca tendría que acogerme, abrazarme, asaltarme o tirarme a la ley “Yo sola me sirvo y me basto”